Dado que es verano, y no hay demasiados eventos académicos de los que hablar, me detendré a comentar un libro. Lo he estado leyendo estos días, aunque es cierto que no con demasiado interés, quizás porque otras lecturas más complejas me agotaban la mente, o puede que simplemente fuera por distracción. El caso es que comencé a leer la novelita El extranjero de Camus, que llevaba ya mucho tiempo sobre la mesilla de noche, amontonada con otras lecturas en espera de que me fijase en ella.
Hace años que quería leerla, pues siempre me ha gustado la corriente existencialista. No obstante, la comencé a mirar sin reparar en la introducción ni en notas aclaratorias, por lo que me parecía bastante estúpida. No me gustaba el protagonista (Mersault), por egoísta, por tonto, por insensible, por aburrido. Porque su vida era aplastantemente anodina, incluidos el entierro de su madre, sus flirteos con una novieta y su amiguete maltratador. Ay que ver, pensaba, qué tipo más plano, eso no es ataraxia, es que le falta sangre en las venas. En esas estaba, continuamente haciendo digresiones mentales, cuando “pum”, el prota se había cargado a un árabe y yo no sabía por qué.
Eso no fue lo peor, porque volviendo atrás la vista, comprobé que él tampoco lo sabía. Dado que se había convertido en un asesino, acabó en la cárcel, y ahí fue cuando verdaderamente la novela comenzó a gustarme. Al fin y al cabo, Mersault podía ser insensible, inmoral, un pasota del quince, pero no era tonto, pues un monólogo interior en el que describe con cuidado a cada persona que ve, no lo puede ejercitar cualquiera. Pese a todo, era inteligente. Me gustaron mucho sus reflexiones sobre el vivir preso, pues todos nos sentimos presos a veces, aunque no lo seamos físicamente. Un ejemplo de sus palabras:
Al comienzo de mi detención, lo que me resultó más duro fue tener pensamientos de hombre libre. Me ganaba el deseo, por ejemplo, de estar en una playa y bajar hacia el mar. Imaginaba el rumor de las primeras olas bajo la planta de mis pies, la entrada del cuerpo en el agua y su liberación en ella; de pronto sentía hasta qué punto se estrechaban los muros de mi celda. Esa fase duró algunos meses. Después, sólo tuve pensamientos de preso. Esperaba el paseo cotidiano en el patio o la visita de mi abogado. Organizaba muy bien el resto de mi tiempo. Pensé entonces, con frecuencia, que si me hubieran hecho vivir en un tronco de árbol seco, sin más ocupación que mirar la flor del cielo sobre mi cabeza, me habría habituado poco a poco. Habría esperado los vuelos de pájaros o los encuentros de nubes como esperaba aquí las curiosas corbatas de mi abogado y como, en otro mundo, aguardaba hasta el sábado para estrechar el cuerpo de Marie. Pero, pensándolo bien, no estaba en un árbol seco. Otros eran más desgraciados que yo. Era además una idea de mamá, y ella la repetía con frecuencia, decía que terminaba uno por acostumbrarse a todo.
Sobre Camus, el existencialismo, el absurdo y la carencia de valores se puede hablar largo y tendido. También sobre la crítica implícita a la pena de muerte, o sobre lo aterrador que resulta saber que muchas veces pensamos de manera tan egoísta o indolente como Mersault. Eso por no hablar de diversos dilemas morales que se plantean en el libro, y estaría bien tratar en clase de Ética. Pero me sigo quedando con el sentimiento de quien no sabe cómo salir de una situación, de modo que al final opta por resignarse, conformarse con las migajas de lo que podría ser su vida. ¿Es también ese un síntoma de la sociedad actual?
Imagen de Mark Pennington en Flikr.
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